28 de agosto de 2008

MADDIE, LA VERDAD DE LA MENTIRA
Prólogo a la edición española




Finalmente este libro está disponible en lengua castellana. Digo finalmente, porque ésta fue siempre mi intención, compartirlo con vosotros. Este libro, además del caso basado en hechos, testimonios, pruebas documentales, científicas y de indicios que evoca, es también un testimonio de la colaboración que tuve la oportunidad de llevar a cabo, de forma mutua y reciproca, con la policía española durante los largos años que trabajé en la Policía Judiciaria. Piensen que, además, habiendo pasado los últimos años en el Algarve, las relaciones con las unidades policiales de Andalucía fueron más intensas: el combate a la criminalidad organizada y transfronteriza pasa por el sur de Europa y estas dos regiones son «las elegidas». Si la colaboración institucional entre los dos Estados es fundamental, no menos importantes son las relaciones de cooperación, casi personales, que se establecen a ambos lados de la frontera. En éstas, la problemática de los equipos conjuntos de investigación alcanzan, en el día a día, una práctica y un respeto mutuo que ningún acuerdo bilateral o tratado internacional consiguen alcanzar.

Siempre nos entendemos de modo «universal» y solidario, en base a una confianza, respetando la soberanía y las leyes de cada Estado. Además, la colaboración internacional con España no se restringió al ámbito regional, sino que siguió una lógica nacional.

Hace poco puse entre comillas la clasificación de la actuación policial como universal. En rigor, las policías de los Estados modernos actúan en base a premisas y valores –e incluso con metodologías– que sobrepasan la lengua, convirtiéndose, eso sí, en un lenguaje prácticamente universal. No se trata ni de una visión épica ni estética, sino más bien del rigor y la claridad de los objetivos estipulados que son, naturalmente, comunes. Eso fue lo que siempre encontré del otro lado de la frontera, bien en la próxima e íntima España, bien en las policías de otros países en todo el mundo, especialmente en América Latina.

En una democracia, se lucha por y se pretende la participación de los ciudadanos, la equidad y la justicia. Sabemos, sin embargo, que ni en la más pura ingenuidad la perfección del régimen se alcanza, es cierto. Y aun así, cuando se recurre al vocable «injusticia» o «justicia incompleta» o incluso «cesación (o interrupción) de la búsqueda de la verdad», estamos ante un Estado democrático adormecido. Si de partida, la imperfección en la democracia se asume como el mejor de los peores sistemas, no debemos sorprendernos. Pero, si como auxiliares de la plasmación de la justicia permanecemos silenciosos ante la injusticia latente estaremos, así, renunciando a nuestro papel, o, aunque más no sea, a nuestra ciudadanía. Esta dicotomía era a la que, precisamente, me enfrentaba a finales del año pasado cuando fui apartado del llamado «caso Maddie». O permanecía en silencio y renegaba de mis principios, o venía a defender en público mi buen nombre, lo que no hizo la institución a la que serví durante veintiocho años (Policía Juciciaria) cuando fui atacado, denigrado y humillado por cierta prensa británica innoble. ¿Pero es que sería yo tan importante como para eso? Yo, seguramente no. Pero los valores que me inculcaron en esta policía, me obligaban a exponerme para defender toda la investigación y a los que estuvieron conmigo en ella. Era una cuestión de honor y, sobretodo, de obligación moral con ellos. No porque me lo hubiesen pedido. No lo harían. Considero, a pesar de todo, que era eso lo que esperaban. Como son hombres y mujeres honrados, jamás lo dijeron. Todavía hoy no hablamos sobre el asunto. Pero había una motivación mayor e intrínseca. La niña que desapareció aquel 3 de mayo del 2007. O sea, una investigación que quedó inconclusa. Además, el proceso que recientemente se hizo público, viene a confirmar esto mismo. La investigación fue interrumpida, luego la justicia fue «interrupida». Como policía y como jurista, siempre me enseñaron que debemos buscar la verdad material, ¡y la verdad no prescribe!. Ni en Portugal ni en ninguna parte del mundo. En las páginas sucesivas se darán cuenta por qué. Vuesto país luchó, como el nuestro, por los valores de la democracia, sea el régimen una república o sea una monarquía. Es una lucha constante, que no cesa. En esa lucha no se debe sucumbir a la violencia, sea la que sea, ¿y no es la «no-verdad» la mayor de todas? Por ello es que digo que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Lenguas diferentes, entendimiento común, un sentimiento de justicia compartido.


Gonçalo Amaral
Funchal, 19/08/2008

1 comentario:

Jill Havern dijo...

Well done Gonçalo for publishing your very important book. Maddie deserves the truth to be known and not swept under the carpet as the British are trying to do.

Justice for Madeleine.

And I hope, eventually, to see the perpetrators brought to justice too.

They know who they are.

Jill

(big hug for your bravery and determination - you have many supporters!)